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LUIS GONSALVES: UNA VIDA ENTRE MOTOS

Motos de Ayer nº 082

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Luis Gonsalves, un madrileño cuyo apellido pudiera proceder del pirata que descubrió la isla de Madeira, pero que no por eso, nos comenta, dejaba de ser un marino, ha ejercido en su vida toda clase de profesiones. Ha trabajado en hostelería, en el teatro, en la medicina, y ha sido camionero y otras muchas cosas. Pero sobre todo ha sido, y es, un gran profesional de la mecánica de motos y gran amante de las mismas.

A los catorce años comenzó ha trabajar en el taller con su padre, un especialista en motos, coches italianos Fiat, Lancia, y Alfa Romeo, camiones, maquinaria pesada, etc. Matías, que así se llama mi padre, nos dice Luis, que está ya jubilado, es un hombre muy querido y muy recordado. Encantador, afable, de gran simpatía, siempre dispuesto ha ayudar a todo el mundo, y al que jamás le he conocido a un enemigo.
En él tuve un buen maestro, continúa, porque era un magnífico mecánico, de aquel ramillete de mecánicos de su época que eran unos verdaderos artesanos capaces de improvisarte todo, y de hacerte cualquier pieza. Y no lo digo porque sea mi padre, sino porque sencillamente es verdad.
En mecánica algo he sacado de él, pero no le llego ni a la altura de los zapatos, porque ha sido un hombre con unas manos al que le puedo haber superado en cuestión teórica, en cuestión técnica, y en de estar más al día que él, pero en cuestión manual y en destreza jamás.
Empecé ha trabajar con mi padre en un taller muy humilde que montó, prácticamente con cuatro tablas, en una casa vieja, en la calle Ríos de Madrid.
Y con los medios de que disponíamos, que eran poquísimos, le he visto hacer verdaderas proezas. Hacíamos absolutamente de todo, recuerda Luis, mecánica integral. Tocábamos todo tipo de marcas de las de entonces, Velocette, Bultaco, motos inglesas. Y teníamos muchos clientes de motocarros, los Isocarros, Rondines, etc, de los transportistas que había por entonces en la Plaza de Castilla. Prácticamente todos eran clientes nuestros, y había que trabajarles muy rápido, porque dependían del motocarro. Y me acuerdo, como cosa curiosa, de una mujer que conducía un motocarro con el que se ganaba la vida, y que además tenía una Harley Davidson, en la que siempre llevaba una amiga detrás.
Era una mujer muy graciosa, y pagaba muy bien, pero cuando teníamos allí reparando su motocarro llegaba con su Harley, y siempre nos decía lo mismo, ¿cómo es que no me teneís el motocarro todavía?. Como me líe a guantazos con el padre y con el hijo, os vaís a enterar.
No recomiendo a nadie trabajar con padres e hijos, sigue nuestro entrevistado, porque a pesar que mi padre es adorable, aun así, siempre tenía algún roce con él, es inevitable. Y cuando me mosqueaba me iba una temporada ha trabajar por ahí, y luego siempre volvía al redil. Eso lo he hecho cien veces, y con el paso del tiempo he estado en un montón de lugares, he pasado por un montón de empresas, talleres, y demás, y he trabajado un montón de marcas. Así ha sido
mi vida.

ENTRE CONDES Y MILLONARIOS
Mi primer contacto con la moto moderna, actual, de gran cilindrada, importante..., recuerda Luis, fue sobre el año setenta y algo, cuando estaban prácticamente en sus comienzos, y entré ha trabajar en el servicio de mantenimiento y asistencia técnica de la Hispano Alemana.
Las primeras BMWs de la La Hispano Alemana era una empresa poderosísima que no solamente tocaba el tema de la moto, sino también los automóviles de alta gama, Lamborghinis, Lotus, Porsche, BMW, etc, unos coches de ensueño, relata Luis, con los que también trabajé luego, y disfruté probándolos. Por allí iba gente muy importante, y me acuerdo de un Conde, que sus Porches se los atendíamos nosotros, que ganó una Kawasaki al póker. Y viene y me dice, Luis, me voy ha ir a un viaje a París. Te dejo ahí la moto. Prepáramela como tu quieras, haz lo que tu quieras con ella, que yo no te voy ha poner pegas.
Me limito ha pagar la factura. Y claro cuando hay medios ilimitados, porque el bolsillo de aquel cliente era ilimitado, el límite es hasta donde llegue tu imaginación. Se la modifiqué completamente, de arriba a abajo y de abajo a arriba, y la moto, que en principio me acuerdo que era verde, cuando vino se la encontró totalmente negra, con todo el chasis cromado, hecha una preciosidad tan grande, que a él mismo le sorprendió.
Otra anécdota curiosa que Luis recuerda de aquella empresa, es el caso de un millonario que con 46 o 47 años, por un capricho de rico, se compró una moto sin haber montado jamás en moto. Me mandan ha hacer la revisión de entrega de una BMW 90S, nos cuenta, un pedazo de máquina en aquel entonces, y cuando llega el cliente a por ella me dice, sería usted tan amable de subírmela la rampa, y me la deja usted en la calle. Digo, si, claro, no faltaba más. Se la subo a la calle y me pongo ha explicarle, mire usted, esta moto se arranca de esta forma, esto es el punto muerto, esto es tal... Y va y me dice, mire usted, no me explique más, porque por mucho que me explique no lo voy ha entender. ¿Y eso?. Es que yo no se montar en moto. ¿Me está usted tomando el pelo?. No, le estoy contando la verdad, y por eso quería salir aquí, a la calle, para poder hablar con usted.
Así que va ha coger usted la moto y se la vuelve ha meter para abajo, y ya me la llevará a mi casa. ¿Y cómo, le pregunto, se ha comprado usted este pedazo de moto?. Mire usted, pasé por el escaparate, me miró, entonces yo me quedé mirándola a ella, y me dije, tienes que ser mía.
Se la llevé a su garaje particular, y me dijo que si podía darle clases de montar en moto. Y al final conseguí, después de tres largos meses, que este hombre, que no había montado jamás en su vida en moto, montase en esa máquina con aquella cilindrada. Luis luego trabajó de Jefe de taller en una empresa que traía Kawasakis a España a través de un importador inglés, con una parte de componentes ingleses y otra japoneses, que era la única manera posible de importar en aquel entonces motos japonesas. Ahí teníamos una escudería de competición, nos sigue contando, e hicimos las 24 horas de Montjuich. Luego me ficharon los de Yamaha de Andorra, y me fui ha trabajar allí. Y allí vendíamos recambios para infinidad de marcas, y sobre todo Yamahas de carreras, que entonces no se podían traer a España directamente del Japón, y se pasaban por la frontera de forma más o menos rocambolesca. Allí le vendí una moto a Ricardo Tormo, que fue campeón del mundo, y teníamos allí la moto de Víctor Palomo, que fue también campeón del mundo.
Después Luis trabajó como vendedor en Motor City, unaempresa de motos de las más grandes de Madrid, que allí se vendía fundamentalmente Honda, nos dice, pero también muchas más marcas.
Luego me pusieron al frente de una sucursal de alto lujo que inauguró Motor City, y ahí me ganaba la vida en un despacho, con corbata, chaqueta, y una secretaria, y empezamos ha traer ya Kawasakis del Japón, pero todavía con un cupo muy limitado...

MOTOS EXCLUSIVAS
A los trece o catorce años empecé ya ha vacilar con mi primer cacharro con motor, que creo fue una Mosquito, que ahora están muy buscadas por cierto, que se la dejé al cura, se la llevó a una excursión con un montón de niñatos de la cátedra, y me la escacharró.
Luego tuve un enjambre de motos, Mobilettes, Derbis, siguió contando Luis, y me acuerdo que tuve una Derbi, muy preparada, con el escape libre, que andaba como un pepino aquello. Tendría en aquel entonces dieciseís o diecisiete años, y me picaba hasta con mi sombra. Y una vez, yendo a por unos recados para mi padre, para el taller, de camino a la Plaza de Castilla vi un Rolls Royce negro y me dije, ¡leche!, este también va ha caer.
Ni corto ni perezoso empecé ha dar gas a la Derbi, y con todo el escándalo que metía aquella moto, que era horroroso, le pasé. Y cuando llego a Plaza de Castilla y me paro en el semáforo, un señor con una Lambretta que había al lado mío me dice, chaval, que se ha parado por ti, que te está mirando.
Levanté la mirada, y allí estaba el General Franco, con un sombrero de color gris, cogido al pasamanos del Rolls Royce, que me miró como diciendo, eres un... hasta se bajaron dos tíos de la borla de otro de los coches de la comitiva, pero debió decirles algo y no me dijeron nada. Después de aquella Derbi tuve un sinfín de cacharros hasta que tuve la primera moto propiamente dicha, una Montesa Texas, que me la compró mi padre. Le tocó un poco de dinero a la lotería, y como yo era su único hijo, y sabía la ilusión que yo tenía con aquella moto, me dijo, venga, hijo, ¡hala!, ¡a por ella!.
Aquella moto le costó cuarenta y cinco mil pesetas, que era una fortuna en aquel entonces, cuando un piso costaba setenta y cinco mil pesetas. Y lo gracioso es que a los dos días de tenerla llevé a mi padre ha dar una vuelta en ella, nos fuimos con el agua en una curva, y nos pegamos un tortazo tremendo. Y mi pobre padre me dijo, para eso te he comprado la moto, cacho burro, para que me mates, y ya no quiso subirse más en ella. Era una moto exclusiva, amarilla, preciosa, que no se me olvidará en mi vida. Y no sé si sería por eso que dicen que el último recurso para ligar de un feo es comprarse una moto, pero el caso es que con ella yo arrasaba. Luego se la vendí a uno del barrio, la transformaron, y llegó ha correr hasta un Gran Premio de España. Y aunque he intentado recuperarla no ha habido manera. Hoy esa moto está buscadísima, porque se hicieron muy pocas, ciento ochenta y cinco nada más, y en España además se vendieron poquísimas, casi todas se vendieron en Estados Unidos, por eso se llamaba Texas.
Luis echa mucho de menos a aquella hermosa Texas, pero un amante de las motos como él no podría vivir sin tener varias exclusivas y bellas máquinas. La joya de su colección es una Francis Barnett del año 1925, una moto tan exclusiva que solo hay dos en España como ella, y muy pocas en el mundo. Construída en Inglaterra, su fábrica fue destruída durante un bombardeo alemán en la Segunda Guerra Mundial, y es una marca solo conocida por los muy amantes y entendidos en motos. Restaurada parcialmente, a ella dedica Luis una parte de sus horas libres.
Otra parte de su tiempo lo dedica a construir una extraña moto. Un híbrido entre una Harley Davidson y una BMW, que Luis, siguiendo su pasión por modificar las motos, va creando, nos dice, a imagen y semejanza de su imaginación. Una imaginación que es una máquina con un impresionante motor BMW, un depósito Harley de la Sporter, el modelo Peanut, cacahuete, llamado así por su pequeño tamaño, que ha elegido para resaltar el motor, un asiento de Harley llegado directamente del mismísimo Hollywood...

MOTEROS
Restaurar motos antiguas es un trabajo que hay que hacerlo con cariño. Y que aunque desde el punto de vista comercial no se lo recomiendo a nadie, puesto que su rentabilidad es ninguna, para mí es apasionante. Porque para mí la moto es algo casi vivo. Y aunque a veces he lamentado haberme metido en el mundo este de la moto, mirándolo bien lo agradezco, porque la moto es toda una pasión, una manera de entender la vida, que quien no sabe de que va no puede entenderla.
La moto no está hecha para espíritus mediocres. Y aunque a los motoristas se les haya puesto un estigma de gamberros, de seres asociales, de macarras, eso no es verdad. El mundo de los moteros está lleno de verdaderos personajes, de gente encantadora, variopinta, desde inmensamente ricos a pobres, hermanados por ese amor y esa pasión común por estas bicicletas de dos ruedas con motor. Prueba de ello es que cuando dos motoristas se cruzan en la carretera hacen un saludo internacional, que es darte ráfagas, y cuando ya están a la misma altura la V de la victoria. Y si te quedas tirado en carretera con una moto, el primer motorista que pasa moralmente está obligado ha parar. ¿Y díme tú a mi que automovilista hace eso?.

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