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Revista Motos de Ayer™ | El mundo digital para Motos Clásicas

Viaje a Lisboa con una Montesa Impala

montesa impala

En ciertas ocasiones, el improvisar es lo que conduce al éxtito de una empresa. Aunque hay que reconocer, que el proyecto debidamente estudiado, es la mejor fórmula para efectuar un viaje en clásica. No obstante en ambos casos suelen ocurrir imprevistos, y… ¡bienvenidos sean!, que a fin de cuentas es lo que pone de manifiesto el caracter de aventura; pero a veces…

Nos adentrábamos en el mes de Agosto y no teníamos ningún viaje previsto, un día Paco y yo quedamos para tomar unas cañas, que reconozco es la mejor actividad para ese mes, especialmente a la caida de la tarde y frente a la playa. Personalmente no tenía intención de viajar a ningún sitio; charlando acerca de nuestras sufridas Impalas en la terraza de un bar, de pronto Paco me dijo: ¿y este año que, no vamos a salir? Al momento y sin saber el por qué le respondí, sí, y si no te importa nos vamos a Lisboa y de alli recorremos el norte de Portugal, pasamos a Galicia y nos vamos al cabo Finisterre, luego ya veremos…. Quizá la ruta me surgió inesperadamente, pero ya sentía cierta nostalgia por recorrer tierras gallegas, de las que guardo tan buenos recuerdos. Sinceramente igual me hubiese dado ir a cualquier otro sitio y creo que a Paco también. El caso era pasar unos dias rodando unos miles de kilómetros con nuestras Impalas.

Como para viajar en una Impala, aparte de ésta, sólo hace falta un reducido equipaje, decidimos que el próximo dia trece salíamos hacia Lisboa. No habíamos preparado nada; y lo cierto es que nada había que preparar, buscando las carreteras secundarias sobre la marcha ya improvisaríamos la ruta.

El miércoles trece de agosto emprendíamos viaje; curiosamente ese dia estaba bastante nuboso y el viento era desagradable en la moto. Nos alegramos de esas circunstancias, ya que los dias de calor y la ruta que nos habíamos propuesto se hacen bastante pesados en esas fechas, tanto para las motos como para nosotros. Paco dirigió su moto hacia unas carreteras propias de la época de nuestras Impalas, que bien conoce, y lo cierto es que a pesar de que las nubes y el viento sólo duraron unos sesenta kilómetros, disfrutamos el ir en moto como en pocas ocasiones. A las seis de la tarde llegábamos a Osa de Montiel, con un sol que calentaba hasta las ideas y decidimos hacer noche en aquel sitio. El Camping como casi todos los de España, era caro para lo que ofrecía, pero a fin de cuentas lo que nosotros buscábamos simplemente era una buena ducha, conocer un poco el lugar, cenar y mañana más. 

Esa jornada sólo habíamos recorrido trescientos kilómetros, no estaba mal, teniendo en cuenta que salimos de Valencia a las once de la mañana. A la mañana siguiente, salimos a las diez, no teníamos ninguna prisa y el viento de cara no era nada agradable. El sol machacaba nuestros cascos y nos consolábamos pensando que en esas tierras manchegas y con un Don Quijote que te recuerda la obra de Cervantes en cualquier sitio, las noches son muy agradables; así que seguimos rodando con viento de cara hasta llegar a Ciudad Real, de allí atravesamos lo que me da en llamar la estepa, todo muy desolado, al final llegamos a Talarrubias, ya en la provincia de Badajoz pasamos ante la presa de Solá que recoge la aguas del Guadiana, atravesamos un puente de una construcción verdaderamente impresionante y de pronto de doy cuenta de que la biela de mi moto hace rato que se queja más de lo normal.

Paco va delante de mí disfrutando de la ruta y yo le sigo con la sola atención de los ruidos de mi moto. A las trece horas, y en medio de un páramo desierto, la biela se muere. Apartamos las motos de la carretera y nos damos cuenta de que no tenemos ni una pequeña sombra, estamos rodeados de inmensas fincas valladas y nos resulta difícil encontrar simplemente un arbol, el calor es sofocante y el sol nos castiga con todas sus energías. Bueno los dos estamos acostumbrados a pechar con lo que hay, y lo cierto es que por haber sólo tenemos lo dicho. 

A mí me consume la impotencia, pero ni lo manifiesto; para qué… Paco lo toma con mucha calma y en unos pocos minutos ya ha desmontado el depósito de la moto, la culata, sacado el cilindro y los dos vemos que la biela baila en el cigueñal como quiere. Nos encontramos a unos cuarenta kilómetros de Mérida, y aunque sea medio dia estamos en medio de la nada. No nos decimos nada y prendemos sendos cigarrillos; de pronto veo a un señor que se acerca montado en un velomotor. Le paro y le pregunto si hay algún mecánico cerca. Iluso de mí, es fiesta nacional y principio de puente, además en que estaría pensando, aunque lo hubiese, como iba a tener repuesto de una moto con más de cuarenta y cinco años. El señor tiene prisa ha de regar un campo, pero me dice que a unos treinta kilómetros si que hay un taller de motos.

Yo me quedo igual, él desaparece como ha venido y seguimos con nuestra soledad, al amparo de la escasa sombra de unos arbustos. De pronto regresa y me dice que tiene el teléfono del mecánico que me mencionó en su móvil; tomo nota y llamo. Para mi sorpresa atiende mi llamada el mecánico, le digo que he de cambiarle la biela a una Impala, y sencillamente me responde que no hay problema, pero que hasta que finalice el puente no me puede atender. No sé si creerlo, llego a pensar si no me habrá entendido, pero le he dicho muy claro que se trataba de una Montesa Impala. Al final pienso… pero con un fuerte sentido de ¿por qué no me van a entrar unas buenas cartas en esta mano?

Sin prisa Paco remonta el motor, le añadimos una buena dosis de aceite a la gasolina y rogamos que aguante la biela sin perder ninguna aguja hasta Mérida. El golpeteo de la biela me taladra la cabeza, no paso de cincuenta, de pronto paramos bajo un puente, es la única sombra que hay, las motos descansan y nosotros también. Lo cierto es que no me explico como resiste el motor, seguimos adelante y a lo lejos vemos la ciudad, antes de llegar encontramos un camping, la verdad es que casi no puedo creerlo, la Impala se queja, y sus quejidos los siento en el alma, pero con un fuerte sentido de responsabilidad aguanta. El camping es como otro cualquiera, pero encontramos un sitio que tiene sombra, y no tarda en llegar una pareja que viene de Cabo Norte, recuerdos de viajes y aventuras encima de la moto, un señor de no sé donde se ofrece a reparar la moto…., lo cierto es que esos momentos compensan las peripecias que se sufren. Plantamos la tienda y Paco desmonta el motor. 

A la mañana siguiente, nos vamos de turismo a la ciudad, Mérida tiene su encanto, pero en dos dias creo que he llegado a contar todas las piedras de su célebre teatro romano. Bien, cultura de turista y gastronómica, asi descubrimos el vino de pitarra; muy de la tierra, auténtico, sabroso y barato. El nos consuela de mi mala suerte y con la infatigable Impala de Paco vamos y venimos a donde nos place; la verdad es que hay momentos en que pienso lo dura que es esa moto, entre los dos pesamos alrededor de ciento ochenta kilos, además cuando Paco arranca la moto, el motor ya tiene su buena temperatura, pues hemos tropezado con unos días de mucho calor. Esa noche quizá para consolarnos nos zampamos una paella.

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